Aluna. (Fragmento de Florence- Las Ruedas del Tiempo)

 Aluna. 

(Fragmento de Florence- Las Ruedas del Tiempo)

Por: Rafael Gómez Llinás


En la tradición ancestral de la Sierra Nevada de Santa Marta existe una palabra que los físicos con el tiempo encontraron especialmente sugestiva: ALUNA…  No como un lugar. No como un Dios. Sino como una dimensión profunda de la realidad en la que pensamiento, energía, naturaleza y existencia no aparecían todavía separados. 

Quizá, los antiguos sabios de la Tierra habían intuido, mediante el lenguaje de los mitos, los sueños y las revelaciones, aquello que ellos apenas estaban empezando a descubrir mediante las matemáticas.
La verdadera revolución científica no consistiría entonces en dominar la energía. Consistiría en comprender que la energía, la información y sobre todo la consciencia podían ser diferentes expresiones de una misma arquitectura fundamental del Universo.

Y si aquella arquitectura podía ser comprendida y controlada, entonces la humanidad de Seinekún (La Tierra), o cualquier civilización capaz de alcanzar ese conocimiento, podría hacer algo que hasta entonces solo había pertenecido a los dioses, a los profetas y a las leyendas: Atravesar el tiempo, modificar la geometría del espacio, reconfigurar la materia, vencer los límites de la vida biológica y, quizá, alcanzar aquello que desde el comienzo de la historia humana había sido llamado con una sola palabra: Inmortalidad: un estado que adquiría así, una dimensión completamente diferente. No significaba necesariamente una simple victoria biológica sobre la muerte, sino la posibilidad de que la conciencia pudiese conservar su identidad fuera de las condiciones ordinarias de la materia y reconfigurar su relación con el espacio, el tiempo y la información.

En simulaciones, si se permitía que la coherencia de la energía superara cierto umbral crítico, el núcleo de los reactores cuánticos en donde germinaba la Energía Autocontenida, ese paso previo al horizonte de sucesos del campo de ALUNA, no explotaba. Se desacoplaba del continuo local y creaba una burbuja cerrada de espacio propio. Era en esencia un universo semilla. No un Big Bang violento como el descrito en los antiguos modelos cosmológicos, sino una expansión interna protegida por su propio horizonte causal. Los matemáticos compararon el fenómeno con modelos antiguos de colapso gravitacional. Recordaron, las ecuaciones asociadas a los agujeros negros y su “horizonte de sucesos”, concepto desarrollado tras los trabajos en Seinekún de Karl Schwarzschild.

Pero aquí el proceso era inverso. En vez de materia colapsando hacia una singularidad, era información comprimida expandiéndose hacia una nueva topología. Los bosones generados en los aceleradores cuánticos no solo mediaban fuerzas. También estabilizaban las fronteras entre dimensiones. Cuando la coherencia era total, el vacío cuántico se reorganizaba como si obedeciera una orden primordial.

Y la conclusión, fue estremecedora:  Tal vez, el universo original no fue más que una energía Autocontenida que alcanzó su punto crítico de liberación.  Tal vez, cada universo genera otros, como células replicándose en una escala infinita.

En uno de los experimentos más audaces, decidieron aumentar progresivamente la coherencia de un núcleo Auto Contenido sin activarlo para transporte ni liberación energética, y solo observaron que el núcleo cruzó el umbral dimensional y en los sensores apareció algo imposible: una expansión estable interna.

Entonces comprendieron lo que los sensores estaban mostrando. Habían creado un universo completo confinado en un volumen subatómico y dentro de él…, ¡el tiempo fluía! Las constantes físicas podían diferir ligeramente. No podían observar directamente en su interior, pero las fluctuaciones indicaban toda una estructura, y así comprendieron entonces una posibilidad vertiginosa: cada átomo activado podría ser el origen de una realidad completa y cada universo podría estar contenido dentro de otro, y, entonces, ¿cuántas civilizaciones podrían estar naciendo inadvertidamente dentro de los reactores de energía de ese planeta?  

O, en otro sentido, cuantos mundos y civilizaciones nacerían y existirían dentro de cada estallido de la reacción atómica ascendente y confinada en SI misma de la energía Kundalini?

Y una pregunta aún más inquietante surgió en los bancos de memoria planetarios: ¿y si su propio universo no fuera más que un proceso energético Autocontenido en un átomo activado por una civilización anterior?

Aquellas preguntas no serían respondidas de inmediato. Durante milenios permanecerían como una sombra en los archivos científicos. Pero a medida que los experimentos avanzaban, algo comenzaría a mostrarse: Algo realmente revelador y sobrenatural: no eran necesarias las complejidades tecnológicas de ninguna clase de energías: no renovables, renovables, de Fisión, Fusión, e incluso de  la energía Autocontenida para producir estados y cambios en la materia y así en la realidad. 

Comprendieron, que solo bastaba como paso previo, moldear la información Auto Contenida en el cofre cerrado de las partículas elementales, con la extrema pureza y la No calificación de  la intención de un pensamiento en el campo trascendente de ALUNA, como finalmente ellos con certeza  llamaran también al “Campo  Unificado” de la física, antes de que  pasados millones de años, esa información descrita en la ley primera  del universo, la misma Ley de Origen de los hermanos mayores, los custodios del “Corazón del Mundo”, que, tras millones de años de tránsito, regresaba nuevamente a Seinekún(La Tierra), cerrando ciclos que no eran lineales, sino profundamente conscientes.

Fue entonces cuando las antiguas preguntas dejaron de ser especulaciones y comenzaron a percibirse como memorias latentes de un proceso mucho más vasto: no estaban descubriendo algo nuevo, sino recordando. Porque ALUNA  no solo era un “Campo Unificado” donde se modelaba la realidad; era también el archivo vivo de todo lo que había sido pensado, creado y disuelto.

En ese reconocimiento, Seinekún(La Tierra) que siempre se identificó por muchas civilizaciones del Cosmos  como el sitio en el que se dio origen a todo esto, dejó de ser entendido como un simple destino o lugar de origen, y comenzó a revelarse como una conciencia testigo: un punto de convergencia donde la memoria del universo a través del ser humano se observa y se crea a sí misma. Todo cuanto emergía, cada forma, cada ser, cada civilización, era, en esencia, una expresión temporal de esa memoria que buscaba experimentarse a sí  misma.

Después, cuando avanzaron más, entendieron que aquellas inquietantes interrogantes sobre las posibilidades existenciales del universo eran reales. La inteligencia determinadora, propiedad fundamental de estos bosones, las llamadas “partículas de Dios”, no solo intervenían en la configuración de la materia, sino que conducían el destino completo de nuevas creaciones. Ya no eran vistas como partículas, sino como custodios diminutos de la intención original.

En el mundo subatómico, estos “Debas” de la inteligencia creativa, aparecían como portadores de la memoria de universos que habían colapsado previamente por el decaimiento de su energía. Ese colapso los precipitaba hacia una singularidad al atravesar el horizonte de sucesos de un agujero negro, hasta ingresar  y en otro momento también salir de la aparente negación: del fondo insondable de un Campo Unificado de todas las leyes conocidas... ¡de ALUNA!

Y fue allí donde la comprensión alcanzó su punto más profundo: ese vacío cuántico no era un final, sino un umbral de retorno hacia ALUNA. Desde ese silencio absoluto, anterior incluso al tiempo, toda la información contenida en bosones y taquiones volvía a emerger, desplegándose en otra dimensión y en un nuevo amanecer del universo.

Y en cada uno de esos ciclos, Seinekún permanecía y también el antiguo conocimiento. 

No como un lugar y verdades fijas, sino como una conciencia que recuerda… 

¡Que se recuerda a sí misma!




Sharamatuna, en el día del comienzo del equinoccio de otoño del 2026

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