El Remoto lugar donde nacen los sueños; los pensamientos - Capítulo CERO

 

El Remoto lugar donde nacen los sueños; los pensamientos.

(Segunda Rueda del Tiempo)

Fragmento.

Capitulo CERO

(El principio del  Tiempo)


Por: Rafael Gómez Llinás.


Antes de que el tiempo aprendiera a avanzar. Antes de que hubiera caminos, antes de que la palabra Antes tuviera sentido, existía una memoria sin historia.  No era recuerdo de algo ocurrido, sino conocimiento de todo lo que podía ocurrir. Los antiguos la llamaron ALUNA. No porque pudiera nombrarse, sino porque no podía olvidarse.

Aluna no estaba en ninguna parte, porque todavía no existía el “dónde”. No duraba, porque el “cuánto” aún no había sido inventado. Era pensamiento sin pensador, intención sin forma, silencio lleno. Y en ese silencio, el universo se reconoció a si mismo posible.

Y no fue una explosión. Fue una decisión sin voluntad. Un leve desequilibrio en la quietud perfecta. La memoria quiso verse y entonces, apareció el primer ritmo. Y el “No tiempo”, todavía no: solo repetición. Una vibración que se reconocía a sí misma. Y de ese pulso nacieron las distancias. No porque algo se alejara, sino porque algo comenzó a relacionarse más con unas cosas que con otras en la atracción. En el amor.

Así nació el espacio: no como vacío, sino como tejido. Y cuando ese tejido empezó a cambiar sin poder volver exactamente al mismo punto, ahí, nació el tiempo.

El tiempo no cayó del cielo. Aprendió a avanzar  porque  no  supo regresar igual. Y desde entonces, todo   no son cosas, sino formas de recordar Aluna. Las montañas, recuerdan lentamente. Los ríos recuerdan moviéndose. Los animales recuerdan sin preguntarse. Los humanos recuerdan… y dudan. Y por eso olvidan.

La Sierra Nevada de Santa Marta fue levantada antes de que el mundo aprendiera a correr.  No  como  un lugar, sino  como  un centro  de escucha. Allí, la tierra todavía sabe que nada está solo, que toda herida y esperanza resuena, que cada exceso pide equilibrio.

Los Mamos no gobiernan el tiempo. Lo sostienen. Saben que el pasado no ha terminado y que el futuro no ha llegado, porque ambos siguen siendo pensamiento activo. Saben que la historia no avanza: se tensa. Cuando llegaron los barcos, el mundo no se rompió de inmediato. Primero se desafinó. Un ruido nuevo entró en el tejido: la idea de que la tierra podía poseerse, el tiempo dominarse, y  la memoria borrarse.

Desde entonces ha pasado  medio milenio y una astilla más de esos mil años. O tal vez ninguno. Porque lo que no se escucha no termina de ocurrir. Así, este relato no comienza en una fecha. Comienza cada vez que alguien, sin saber por qué, siente que algo antiguo sigue esperando ser entendido.

No para volver atrás. Sino para recordar cómo se camina sin romper el suelo  donde el tiempo aún no había aprendido a correr, érase una vez, hace mucho, muchísimo tiempo en ese remoto lugar, no por la distancia sino por la lejanía del mundo medible, o quizá porque estaba situado antes de que el tiempo supiera contarse a sí mismo.

En un lugar donde nacen los sueños y desde donde fluyen los pensamientos como ríos invisibles que no buscan su desembocadura.

En un gran espacio, no por ser vasto, sino por lo grandioso, porque en él ni las distancias, ni las formas, y mucho menos el tiempo, tenían importancia ni cabida.  Allí, en ese lugar todo ocurría a la vez: El origen y el final, la pregunta y su respuesta, el paso y la huella.

Los antiguos sabían de ese lugar, y no lo llamaban mundo, ni cielo, ni universo. Lo nombraban apenas con el silencio. Decían que allí la conciencia no estaba atrapada en la carne, ni la luz obligada a viajar y todo era presencia. Todo era memoria viva. Y cada pensamiento era, en sí mismo, un acto creador.

Los Mamos enseñaban que ese espacio existe aún, sosteniendo al mundo como la raíz sostiene al árbol sin mostrarse, y los sabios de otras montañas, más allá de los mares y de los nombres, decían lo mismo con otras palabras: que antes de todo movimiento hubo una quietud consciente, y que antes de toda historia hubo un acuerdo.

Un día, si es que puede llamarse día a un instante sin sol, algo se desplazó dentro de ese espacio. No fue la materia, Tampoco fue la energía. Fue la intención. Y con ella, el tiempo dio su primer giro. No avanzó: se curvó. No nació lineal: se volvió circular y desde entonces, todo viaje sería también un retorno, toda velocidad, una forma de olvido, y toda luz, un mensajero del origen.

Y así, en esa misma esfera sin tiempo y de todos los tiempos, en donde perviven desde y para siempre toda la memoria y toda la existencia, antes de que el peso de la palabra  le diera forma al pensamiento y lo aterrizara en cosas tan sencillas de la cotidianidad, una muy antigua leyenda rescatada del olvido contaba y celebraba sobre el momento justo en el que todo un gran pensamiento y el devenir de sus consecuencias estaban por ser creados.

Evocaba la filigrana de acontecimientos y avatares que con anticipación y precisión se trenzaron en el destino para hacerlo posible y que su relato lo pudiéramos expresar aquí.

Y este relato no comienza en el pasado. Comienza antes. Y por eso, quizá, aún no ha terminado. Simplemente porque hay otras  versiones de este mismo mundo en donde ni siquiera nada de lo ya por nosotros conocido, ha comenzado.

Solo antes...

 

 

Busintana, Corazón del Mundo, fractal de memoria y sabiduría. El primer día de  la luna  llena  del  2026.

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