Noche de brujas..., de encantamientos..., y otros encantos. (Fragmento de Florence)

Noche de brujas..., de encantamientos...,  y otros encantos.

(Fragmento de Florence)

Por: Rafael Gómez Llinás


Las  Brujas de “Los Manguitos” un barrio marginal asentado por los rumbos orientales del mercado de la población, hacia tiempos remotos “volaban” por las  regiones de  lo que ellas llamaban el “Astral”: un mundo que probablemente no era otra cosa que el ámbito atemporal de las experiencias lúcidas y vívidas en ese extraño espacio de los sueños.

En esos sueños las brujas “voladoras” rastreaban y le sacaban verdades escondidas, recónditos secretos e intenciones ocultas a los maridos infieles y descarriados, para contárselas con algunas exageraciones y claro está con una previa y generosa donación para las ánimas, a las esposas despechadas y por igual a las concubinas prevenidas.  

“En el astral nadie miente”, decían sonreídas las brujas “voladoras” ... 

“Eso es pan comido”, decían…

“Simplemente  tomamos  conciencia  durante  el  sueño  de  que éste no es la realidad” ... 

“Que solo se trata de un tránsito por el mundo astral, y con la certeza de que lo que vivimos como real,  no es sino el reflejo testimonial en ese sueño de una realidad o algún suceso desconocido o por venir, cualquier averiguación que se quiera hacer allí, en esa dimensión, fácil se hará”... 

“¡Podemos volar!... Y a cualquier sitio al que queramos ir en el Astral, en un abrir y cerrar de ojos iremos” ...  ¿O porque creen que siempre le decimos a la clientela, esta noche volaré y rastrearé lo que preguntas, y mañana te responderé? …  Por tal razón, ¡esa imagen un poco exagerada e imaginativa de nosotras volando en el espacio de la noche en una escoba no es gratuita!”

“Y verán, que ciertamente, podemos cambiar a voluntad el desarrollo del mismo sueño, e incluso de esa manera, anticipar o cambiar el curso del destino…

¡Y en serio!...  ¡En el Astral nadie, nadie miente!...  Cualquier pregunta proferida a alguien en el  Astral, será respondida siempre, siempre, con la verdad”, decían…

“Allí conocemos fácilmente, las intenciones y los actos de las personas! 

“Y la verdad, desciframos sin engaños hasta el más recóndito de sus secretos”, decían y se ufanaban con desparpajo las brujas “voladoras” del barrio de los Manguitos. 

Todo esto de las salidas en Astral, con mucha seguridad lo aseveraban las brujas “voladoras”, de acuerdo con las explicaciones que hacían de sus artes y del origen de las enseñanzas recibidas de las negras santeras y las practicantes de Vudú, del candomblé y la umbanda, llegadas a estos rumbos navegando a sotavento a bordo de los buques bananeros de la United Fruit Company desde las islas de Martinica, Trinidad, Saint Martin, Dominica, Santa Lucia y Barbados, sobrepases naturales y escalas marítimas obligadas para su reabastecimiento. 

Una parte de esa vida de destinos trastocados, se la ganaban esas negras antillanas en esta tierra firme, como conocedoras de ese neblinoso mundo astral y también de los secretos telúricos de María Lionza, haciendo composturas para curar el mal de ojo, enderezando enamoramientos frustrados, restituyendo amores perdidos, o a veces atrayendo para otros con mucha certeza, la buena fortuna. Y con la lectura de las cartas del naipe español y en la flama violeta, también con mucha precisión, avizoraban el futuro de los particulares con sus artes adivinatorias y de nigromancia, traídas sin pedir permiso desde ese multicolor rosario de islas de Barlovento 

Y para esas prácticas de adivinación y de ocultismo, estas “Yumecas” como llamaban a las oriundas de Jamaica y por extensión a todos los antillanos de piel lustrosa y dentadura iluminada, también se proveían de muchos y variados elementos y artilugios de adivinación y de alquimia para prácticas esotéricas; de pócimas para conjurar diferentes males impuestos; de ungüentos sanadores y sahumerios de limpieza energética; de amarres infalibles de nigromancia y hechicería,  y de conjuros escritos en sánscrito sobre pergaminos antiguos de piel de cabra para concretar encantamientos, hechizos o sortilegios, que recogían por encargo esos buques en esas Antillas de sus orígenes, de las que afortunadamente ellas jamás pudieron ni quisieron destetarse.

Así, de esa manera, las añoranzas y los recuerdos de su tierra, aunque ya tenues y desleídos en el tiempo, las mantuvieron por siempre atados a la ilusión de un retorno triunfante a esas, sus islas. Y con el arribo de esas embarcaciones  a este puerto, respiraban la tranquilidad y la certeza de su permanencia todavía en la misma latitud y longitud oceánica en las que las habían dejado desde el día ya lejano en que las abandonaran. 

Entremezclados con el sonido grave de las sirenas de buques y vapores, sus oídos musicales oían muchas veces claros mensajes sobre el discurrir de la vida y los aconteceres en su tierra. Y en las figuritas del encostrado marino sobre la línea de flotación de sus cascos, creían leer noticias sobre la cotidianidad de sus gentes, parientes, amigos y paisanos. 

Esperarlos a diario con paciencia en el cantil de la punta del muelle, les mantenía muy viva la esperanza de recibir tal vez, recados, cartas y encomiendas. De ver ojalá alguna cara conocida, o de sentir con su presencia como si fuera el único vínculo que les quedara con ellas, los sonidos, los aires, los colores y sabores casi olvidados de esos pequeños lunares de tierra perdidos en medio del mar Caribe de sus orígenes, sus añoranzas y sus amores. 

Algunas otras de esas negras enormes, lustrosas, olorosas a mar y tulipanes, también se la ganaban con otras prodigiosas artes. Felices se la ganaban en casas de placer ubicadas a lado y lado en la calle de las Piedras: Una ancha y legendaria calle que desembocaba franca en el muelle de cabotaje de la bahía, en el Ancón, en donde atracaban las goletas que venían de la Guajira peninsular, las embarcaciones  mayores y  menores de los cuatro rumbos de la rosa de los vientos, y de paso también aquellos buques y vapores mercantes de los mares de altura provenientes de Europa, que arribaban al puerto de calado profundo atiborrados de mármol de Carrara que luego regalaban a los curas para ornamentar iglesias, y a los principales de la población para embaldosar pisos y engalanar fachadas. Y para la venta, traían ropa fina, calzado a la moda, toda clase de licores, enlatados y variedades de encurtidos y artilugios de toda índole, embalados todos como un lastre que les permitía  cruzar con tranquilidad el océano Atlántico para  que de vuelta por la misma vía, pudiesen regresar totalmente repletos hasta los imbornales de cubierta, de cajas de bananos.

Con esas idas, venidas y retornos, fueron tejiendo puntada a puntada, una trama y una urdimbre sostenidas por un hilo firme de comunicación que terminaría por amarrar, casi de manera irrevocable, a Europa con las noticias de esa bonanza económica; y, más aún, con los relatos deslumbrantes de aquellas pirotecnias de dólares quemados en mazos, como si fueran velones encendidos en las rondas nocturnas de las cumbiambas callejeras.

O como los ecos de las versiones agrandadas que se escuchaban en las calles, plazas, bares y burdeles de Amberes, Ámsterdam, Marsella y de París, sobre los interminables bailes carnavaleros del Cucambá y los sones Sandungueros, rociados con ron de caña en los salones burreros y en las empalizadas de negros y mulatos en los extramuros de Pescaito, que al son de las tamboras hembra y macho, de las congas y timbales, la guacharaca y las maracas, retumbaban a la puesta del sol en estas  extraviadas  latitudes en plena y floreciente época de los inventos, y de los avances de ese ya anciano continente con su palpitar expansivo y colonial. 

Atraídas como un imán por esas inquietantes novedades, esa influencia y todo ese estilo cargado de elegancia europea, se desbordaría creciente hasta aquí en una corriente incesante de soñadores, de buscadores de fortuna, de comerciantes serios y otros bien tramposos, de rebuscadores, de timadores, de farsantes disfrazados de archiduques, junto a  inventores obstinados con nuevas  maneras  de fabricar felicidad. 

Entre todos estos peculiares personajes como sacados de novela, se destacaron con brillantez y de sobra, las muy bellas y atrayentes “Mademoiselles”: aquellas bellas mujeres conocedoras y consumadas practicantes de las artes para proporcionar la mayor de las felicidades, que vinieron con pasaje sin regreso de las más prestigiosas “maison de tolérance” de Francia, movidas por la ansiedad de probar su suerte y conseguir fortuna con el calor febril del oscuro fondo de su entrepierna.  

Esas mademoiselles asentadas ya aquí, de esas negras antillanas aprendieron a hacer encantamientos para amarrar a los hombres con el “soplo de verija” para ser “la mademoiselle préférée des clients les plus riches du bordel”,  a descifrar la suerte y adivinar el futuro en el Ifá, a clavetear lenguas de vaca negra para amarrar las lenguas viperinas de las vecinas chismosas que no aceptaban su presencia, a ofrendar a los muertos esa noche del 31 de octubre para implorar protección ante la adversidad, y hacer sahumerios para sortear con destreza las acechanzas del destino, mientras las  brujas de verdad esa noche mágica traspasaban la delgada e imperceptible línea que separa la realidad de la de los sueños y la imaginación, volando y celebrando en ellos la libertad en sus escobas.

31 de octubre, una noche cuyos orígenes se remontan al antiguo festival celta del Samhain, que marcaba el fin de la cosecha y el comienzo del año nuevo celta, momento en el que se creía que la frontera entre los vivos y los muertos se volvía más delgada. 

31 de octubre, noche de brujas..., de encantamientos...,  ¡y otros encantos!


Sharamatuna, noche de brujas del 2026


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